Todas las noches me pregunto…

Todas las noches me pregunto…

Todas las noches me pregunto, mientras escarbo en la arena de nuestro pasado, por qué persigo el vano intento de despertarme a tu lado.

 

En un día normal nos hacemos miles de preguntas. La mayoría sin respuesta, lo que nos hace enfadar, sentir que no servimos, nos muestra nuestra incapacidad, nos deprime…

 

En el teatro, por el contrario, tal como dice Jorge Eines en su libro “Hacer actuar” (no se escribe el texto de forma literal para abreviar y facilitar su comprensión):

Hay dos tipos de actores o actrices: Los que trabajan desde la pregunta y los que trabajan para la respuesta. Los que trabajan para la respuesta consiguen signos claros. Se entiende lo que hacen y lo que dicen. Sin embargo, y ante la ausencia de preguntas, inhiben la mayor parte de los contenidos emocionales.

 

En la vida real ocurre algo muy similar. Buscamos las respuestas a todas nuestras preguntas y dejamos de lado la frescura natural de nuestras emociones. Cuando la pregunta nace en nuestro interior suele ir acompañada de una emoción. Si fijamos nuestra atención ahí, en la emoción y en la sensación que nuestro cuerpo está sintiendo, tendremos ganada la batalla a la duda. Muchas veces la respuesta es innecesaria porque esa alarma emocional, surgida de la pregunta, es suficiente.

 

Es en las preguntas donde surge la vida.

 

La acción siempre nace de una pregunta, la resolución de esa acción es la respuesta.

 

La respuesta finaliza, la pregunta abre posibilidades.

 

La vida es una pregunta constante.

 

No vale la pena buscar respuestas que no abran nuevas preguntas.

 

Las preguntas nos ayudan a caminar.

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