Toda historia que se precie debe empezar por el principio y esta no será menos.

No el principio de mi nacimiento, que eso sería irse muy atrás, basta con que nos situemos en la adolescencia.

En ese periodo, en una familia grande y llena de extrovertidos personajes, quedé relegado al lugar del introvertido silencioso.

Desde ese espacio anodino no me quedó otra que ser un mero espectador.

No hablaba ni participaba sino era por casualidad, estrictamente necesario o me lo pedían. 

Por todo lo anterior pasaba desapercibido.

Era poco más que una sombra.

Incluso un familiar me puso un apodo, por motivo de mis silencios, al que hacía alusión siempre que podía para regocijo y risas de los demás.

Con ese panorama ya me dirás, qué podría salir de ahí.

Me convertí en una persona tímida, silenciosa y casi ignorada por los demás.

La vida, que nos llena de oportunidades para evolucionar, me regaló la oportunidad de hacer teatro.

Lo pasé mal, te lo puedo asegurar.

Los primeros ensayos.

La primera representación.

Creí que me moría.

Al final no ocurrió eso, todo lo contrario. Encontré una oportunidad para cambiar.

Me preparé para trabajar como director teatral y luego derivé hacia la comunicación.

Comencé a hablar en público y ayudar a otras personas a hacer lo mismo con confianza, con alegría y sobre todo con corazón.

 

En los últimos años he colaborado con personas muy tímidas.

Todas tenían tenían algo en común; un miedo espantoso a hablar, a expresar sus ideas y casi a relacionarse.

Imagínate lo que es el mundo laboral para esas personas.

Ahora acompaño a personas tímidas para que tomen consciencia de que pueden dar un salto en sus vidas y convertirse en hombres y mujeres más comunicativas, más asertivas y más seguras.

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